martes, 26 de agosto de 2014

Bajo la misma estrella.



En el verano de 2012, me compré un libro por el riguroso método de escoger la portada que más me gusta. Este método, bastante arriesgado, es el que siempre utilizo a la hora de elegir libros. Aquel día tuve suerte, ‘Bajo la misma estrella’, de John Green, cayó en mis manos y lo leí pocas semanas después, en un verano en Madrid.

Dos veranos más tarde, en otro verano madrileño, acabo de terminar de ver ‘Bajo la misma estrella’, la adaptación cinematográfica de dicha novela. No vengo a hablar del libro, ni de la película. Ambos son igual de buenos, ambos retratan igual de bien lo que es verdaderamente importante: la historia de amor de dos luchadores, Hazel Grace Lancaster y Augustus Waters.

Para que las historias de amor den para una película o libro, siempre hay trabas a superar, como la vida misma, pero es cierto que el entorno que rodea a estos dos personajes es especialmente complicado. El cáncer, esa palabra que da más terror que cualquier guerra, el mayor despiadado asesino, está presente en la vida de ambos y lo está hasta el final de sus días. ‘Bajo la misma estrella’ habla del dolor, de la desesperación, pero sobre todo habla de las ganas de vivir, de aprovechar el tiempo que la vida le va a dar, sobre todo cuando tienes un reloj encima de tu cabeza con la cuenta atrás iniciada, pero de ahí surge una de las historias de amor más reales y bonitas que he conocido. El cáncer deja de ser esa palabra tabú cuando se convierte en la realidad de los dos protagonistas. Existe, sí, pero está tan introducido en su realidad que solo queda apartarlo a un lado y vivir. Enamorarse, hacer el amor, viajar… El destino es inevitable, pero nadie te va a impedir que el tiempo que tienes lo vayas a utilizar como tú quieras, hasta que el cuerpo aguante.

El final no deja lugar a dudas, es definitivo, es la muerte. Pero todos los que se van, dejan su legado. Y el que dejan los protagonistas es inmenso, doloroso y humano. Es verdad, son emociones que siguen vivas incluso cuando ellos ya no están para sentirlas y provocarlas. El mayor miedo de Augustus en la película es el de no dejar huella, el de no ser recordado. Supongo que todos tenemos un miedo parecido, en mayor o menor medida. ¿Qué va a ser de nuestro recuerdo, una vez que ya no estemos? La respuesta es fácil, solo tenemos que pensar en los que ya no están, en como los recordamos, en la punzada que sentimos al recordar a nuestra gente que ya no está, sobre todo a aquellos que se fueron antes de tiempo. Con nosotros pasará lo mismo, aunque creo que es algo que no está en nuestras manos controlar. Solo nos queda vivir, del legado que se ocupen los que se quedan, es su responsabilidad.

‘No puedes elegir sin van a hacerte daño en este mundo, pero sí a quien te lo hace’. Así termina esta obra, una de las más tristes y verdaderas historias de amor que he conocido. Y es que… ¿no es acaso el amor la base de todo, lo que mueve el mundo?

Sin más… me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y… km