domingo, 1 de septiembre de 2013

Carta de amor a Gijón.


(foto David Fernández - @davidsupertramp_ )


¿Cómo se escribe una carta de amor a tu relación más larga, a tu amor de niñez, tu novia de la adolescencia, tu pareja en esta especie de madurez? ¿Cómo resumir en palabras una vida, un paseo de la mano que dura algo más de 26 años? ¿Cómo decir "hasta pronto", "te recordare", "te quiero" a la ciudad que te ha dado todo?

Y es que la vida, por unas causas u otras, me lleva a vivir fuera de la que es mi ciudad, de mi Gijón, y tengo un nudo en la garganta solo de pensarlo. Que sí, que me voy a empezar mi propia vida a una ciudad maravillosa como Madrid, pero eso no quiere decir que los ojos se me humedezcan cuando veo mi habitación sin mis cosas, a mis amigos diciéndome hasta pronto o a mis padres esperándome hasta la próxima visita. Las ciudades no son más importantes por tener más o menos edificios, parques o playas, las ciudades se construyen a partir del más bello recuerdo ubicado en la zona más sombría de la ciudad. Las ciudades son personas, son situaciones, son el ADN de lo que uno es…




Gijón es mañanas en el Malony escuchando a Sabina mientras desayuno, las noches de amor en la Providencia, las historias que se escriben en los portales, el primer beso en el Oasis, mi primer concierto, una noche más en el Peldañu, los cachopos de O pazo do Paradela,  los bocadillos en la puerta de mi casa, las tardes que empezaban en el Trasgu y en El Goteru, el pollo gigante de Marques Casa Valdés, el kiosco de Pío, los gintonics en el Varsovia, los paseos con mi tía por el muro, los domingos con personales en el Tik, las escapadas a mi hogar de Media Markt y Fnac, las tardes con mi padre en Carrefour, mi madre buscándome amigos en la playa de San Lorenzo, las fiestas de Castiello, las chicas que te dicen "te quiero" en el parking de peritos, la media maratón y los cientos de kilómetros hechos con el esfuerzo diario, el huevo frito los sábados a la hora del vermú, los conciertos en la plaza de toros, el primer amor en una cama de 90, Rosa diciéndome por la ventana lo que hay para comer, Johny y su padre paseando por el muro, la infancia en un castillo y la cuesta que tuve que subir para crecer, las noches de domingo cenando de McDonald’s gracias durante tantos años a mi madre, el día que le pusimos nombre a Colate, voy a pasármelo bien de los Hombres G antes de salir, todos a las 16:15 para ir a la playa después de ‘Al salir de clase’, los paseos con Dalia, las noches de verano en el Lavaderu, Paco esperándome a las 22:30 con su chupa de cuero, salir a correr con Numa o a patinar con Alejandra, el bus a la facultad con Káiser, los helados del 2,40 o de tarina después de cenar fuera, las despedidas tristes en el portal...




A muchos no les dirán nada todas estas cosas. A mí son las que me han hecho sonreír durante estos poco más de 26 años. ¿Cómo le cuento yo a Madrid todo esto? ¿Cómo le digo que sí, que la quiero a morir, pero que de donde yo vengo los recuerdos son tan bonitos que me cuesta levantar el pie del embrague para que camine el coche…? Y es qué cómo traducir la pena mezclada con alegría que todo esto me produce. Gijón del alma, te quiero como nunca querré a nadie, porque todo lo que ocurra desde hoy vendrá basado en este tiempo, todas las alegrías y tristezas venideras se basarán en estos años en los que fuimos tan felices juntos. Te voy a echar de menos cada segundo que esté fuera de ti, deseando volver a La Escalerona a obtener la mejor de las perspectivas, de eso puedes estar bien seguro.

Ahora te digo ‘hasta pronto’, ‘gracias’, ‘sigue así de bonita’, que yo te llevaré por bandera siempre. Te quiero Gijón, no existe carta de amor más sincera que esta que aquí te escribo.


Sin más… me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y… Gijón del alma.


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