jueves, 30 de mayo de 2013

Boa Mistura: Cinco cabezas, diez manos, un solo corazón.


Boa Mistura: cinco cabezas, diez manos, un corazón.

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Más de una vez he intentado en este blog, dar a conocer a todos aquellos que rodean a la música, tan necesarios como el escritor de canciones o el cantante. Es lógico que estos últimos se lleven la mayor parte del mérito, pues son la cara visible, pero es de ley hablar y reconocer la labor de otros tantos que hacen de ese producto final –el disco- algo tan valioso. Hoy vamos a hablar de Boa Mistura.

Boa Mistura es un ‘colectivo de artistas urbanos’ nacido en Madrid a principios de los 2000, formado por cinco personas de distintos campos: un arquitecto, dos licenciados en bellas artes, un publicista y un ingeniero de caminos. Entre las muchas disciplinas en las que desarrollan su trabajo, está una de las que más reconocimiento les da, al menos de cara al público, que es la de encargarse del arte de algunos de los discos más conocidos de los últimos años. Ellos son los responsables del arte de ‘Pequeño’, de Dani Martín; ‘Mosaico’ de Rayden; ‘Diciembre’ de Leiva; ‘La música no se toca’ de Alejandro Sanz; o de ‘Cero’, single presentación de lo que será el nuevo disco de Dani Martín en este 2013.

Boa Mistura: Alejandro Sanz, Leiva, Dani Martín


Seguro que muchos habéis tenido en vuestras manos alguno de estos discos y os habéis quedado sorprendidos por la sensibilidad de Boa Mistura, aunque mucha gente seguramente no sabe que todos ellos tienen en común que han pasado por 'La fábrica de pepinos'. Pero Boa Mistura es un grupo de personas que se caracteriza porque les gusta mojarse, mancharse las manos, nunca mejor dicho, y no solo se quedan con el trabajo de ‘estudio’, van más allá, y esa es una de las facetas que me apetece destacar en esta entrada, sus llamadas ‘intervenciones’.

No es difícil pasear por Madrid y encontrarse alguna obra de los Boa por la calle: bien sea un skate park totalmente ambientado por ellos, o la pared de un edificio, o un mural. Siempre con un mensaje positivo, un mensaje que suele buscar el entendimiento, tanto con los demás como con uno mismo. Cada vez son más las organizaciones, empresas o ayuntamientos que echan mano de su arte para poner una nota de color en su entorno, aunque no es solo España el campo de acción de estos ‘graffitti rockers’. Tenemos que salir de nuestro país para, muchas veces, encontrar los trabajos más interesantes. Si queréis ver su obra íntegra os recomiendo que visitéis su página web, aquí os hablo de mis tres favoritos:

Luz Nas Vielas, Sao Paulo, año 2012.

Intervención en las calles de una favela de la periferia de Sao Paulo, Vila Brâsilandia, donde llenan de color y mensaje las calles de esta zona.


Alegría en Argelia, año 2012.

Esta vez fue el instituto Cervantes de Argelia el que les invitó a hacer esta obra en dos partes: primero se llena de forma participativa un muro con palabras en castellano y luego son los Boa los que, sobre ese mural, dibujan la palabra ALEGRÍA.


Somos Luz, Panamá, año 2013.

Una de las últimas intervenciones, esta vez en el barrio de El Chorrillo de Panamá DF, consiste en trasladar la obra a la fachada de un edificio entero, de forma que, visto con perspectiva, se pueda leer la frase ‘Somos luz’. Aunque de esta intervención aun no haya video que lo documente, también ha sido realizada con la colaboración de los vecinos de dicho barrio. Personalmente es una de mis favoritas.

.Boa Mistura en Panamá. Somos Luz.


Esto no es más que el botón de muestra de los trabajos de estos cinco enamorados de lo que hacen, esto es a lo que me refería con ‘mancharse las manos’. Y es que creo que, sin todas estas acciones, el trabajo de Boa Mistura no sería el mismo. No estarían empapados de calle, de verdad, de personas, si no realizasen este tipo de intervenciones. A veces no basta con tener talento, también hay que implicarse, hacer algo por los demás. Sin duda las portadas de ‘Diciembre’ o de ‘Pequeño’ no tendrían nada que ver con lo que son si las ‘cinco cabezas, diez manos, un solo corazón’ que forman Boa Mistura no fuesen tan de verdad como son, porque eso trasciende y es lo que su obra respira.


Sin más… me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y… rock!

sábado, 25 de mayo de 2013

'Estados de ánimo' de ECDL, cumple diez años.


 


Lo recuerdo perfectamente, es uno de esos días que tengo grabados en la memoria, que tu cerebro registra a pesar de que tú, en ese momento, no tienes ni idea de lo importante que va a ser para ti cuando eches la vista atrás. Me acuerdo de mi bici, de ir al Carrefour del centro comercial Los Fresnos y de que aquel día salían dos discos: uno era de uno de los últimos expulsados de la segunda edición de Operación Triunfo y otro era el suyo. También me acuerdo que dudé y que finalmente tomé una decisión. Me acuerdo de volver a casa por la calle Álvarez Garaya, subido en mi bici y con el disco atado a los cables de freno por las asas de la bolsa. Pero sobre todo, de aquel 26 de mayo, recuerdo una cosa. Recuerdo llegar a mi casa, abrir la pletina del reproductor de discos de mi habitación y meter este disco:




Sonó ‘Volver a disfrutar’ y mi cabeza se volvió loca. ¿Qué era eso? Chulería, actitud, todo lo que un chaval de 15 años, que poco o nada sabía de la vida, quería escuchar. Porque sí, amigos, hace ya diez años del momento que os acabo de contar y, por si alguien aun anda despistado, el disco que hoy cumple una década es ‘Estados de ánimo’, tercer disco de El Canto del Loco.

Desde aquel día, llevo por bandera a la banda madrileña, porque no existe mejor carta de presentación de lo que he sido, soy y seré que sus canciones. ‘La madre de José’, ‘Ya nada volverá a ser como antes’, ‘Insportable’, ‘Dentro de mí’, ‘Otra vez’, ‘Siempre cerca’, ‘Como un perro ladrando’, ‘Ekix’, ‘No voy a parar’, ‘Te recuerdo’ y la que, para mí, es posiblemente la mejor canción escrita nunca, ‘Una foto en blanco y negro’. Cuento por miles las veces que he escuchado este disco, con todos los ‘estados de ánimo’ posibles, en viajes, en mi habitación, en el iPod mientras camino por la calle. Este disco es especial, es el resumen de muchas cosas, porque me recuerda a alguna que otra chica, a mi antiguo colegio, es parte de muchos de mis veranos y de algunos de mis mejores momentos. También de los peores, porque siempre ha conseguido sacarme una sonrisa. Quién me iba a decir que cuando escuché a Tony Aguilar poniendo ‘La madre de José’ en Fanclub iba a ser la carta de presentación al disco más importante de mi vida. Porque sí, tenía los tres discos que ECDL había publicado hasta la fecha y, por supuesto, me compré todos los que salieron después, pero éste siempre estuvo ahí, en un rincón especial, viendo como el mundo cambiaba a mi alrededor, viendo como dejaba de ser adolescente para convertirme en lo que he ido siendo a lo largo de estos años hasta lo que soy a día de hoy, igual que estará muchos años más, viendo como sigo creciendo, acompañándome en los buenos y malos momentos como ha hecho estos diez años. Si algo ha significado ‘Estados de ánimo’ todo este tiempo es volver a casa, sentir que conozco cada silencio del disco y saber que todo va a salir como esperabas. No creo que exista nada más bonito que mantener una misma ilusión después de tantos años.




Creo que todos los que amamos la música tenemos un disco que, por un cúmulo de razones, consideramos especial. No es el mejor de nuestra colección, ni el que mejor cantado está, ni el que cuenta con la mejor banda ni con la mejor producción. Es un disco que tiene canciones que nos tocan la piel desde el primer momento que las escuchamos, que acumula tantas cicatrices como nuestro propio cuerpo. Ese disco que amamos de manera totalmente irracional y que forma parte de nosotros, de lo que somos, y que como todo disco que escuchamos por primera vez tenía la virtud de venir vacío de recuerdos. No creo que exista acto más romántico que llenarlo de ellos. Y eso es lo que yo empecé a hacer hace hoy diez años con ‘Estados de ánimo’. Seguro que muchos de vosotros también. 




Sin más... me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y... por otros diez años!

martes, 21 de mayo de 2013

'Manual de un buen vividor'




''¡Mira, tío! Hay supermodelos y chicas guapas.  Una chica guapa puede provocarte mareos, como cuando bebes whisky con Coca-Cola. Puede hacerte sentir bien. Están repletas de lo que mejor conoce el hombre, de promesas. La promesa de un día mejor. La promesa de una mayor esperanza. La promesa de un nuevo mañana. Ese aura particular puede hallarse en los andares de una chica guapa, en su sonrisa y su alma, en el modo en que hace que parezca que todo en la vida va a salir bien. Eso es lo que son, promesas embotelladas. Imágenes de un nuevo día. La esperanza sobre tacones de aguja.''

Beautiful Girls (Ted Demme, 1996)

Para la mayoría de los habitantes de este planeta, no es sencillo poner en palabras lo que sentimos y, cuando lo intentamos, siempre nos queremos parecer a aquellos que ya lo han dicho antes que nosotros en películas, en libros, en canciones… ¿Qué sería de nosotros sin nuestros referentes? Seríamos meros ilusos, tratando de transformar en imágenes todo aquello que está dentro de nosotros. Hace unas semanas me pasaron un blog que estaba alojado en la web de la revista femenina Elle y que se llamaba ‘Manual de un buen vividor’ y que desde ese preciso momento se convirtió en mi mantra.

Dicho ‘manual’, escrito por un lector de mentes que se refugia en el nombre de Holden Caulfield, no pretende ser una guía para nada. Es una colección de recuerdos, de recomendaciones, de libros, de bares, de chicas, de gin tonics, de películas que quieres volver a ver nada más terminan y de canciones que escuchas en el metro para creerte en tu propio videoclip. ¿Acaso no son, las que acabo de nombrar, algunas de las partes más bonitas de la existencia humana? Yo creo que sí.


Siempre digo que, en muchos aspectos de la vida, me siento igual de feliz haciendo algo que comentándolo después. ¿De qué sirve el arte si no es para ser puesto en común después? El tiempo invertido debe ser proporcional al comentario posterior, a la recomendación, al sentarte con tus amigos a contarles a tumba abierta lo mucho que te ha gustado eso que has descubierto hace poco. El ‘Manual de un buen vividor’ es algo así, Holden nos hace sentarnos a la mesa y juntos comentamos la jugada, los ‘highlights’ del partido, las ganas que tienes de volver a verla, el cómo te apetece volver a aquel sitio de vacaciones.

Por todo esto digo que se ha convertido en mi mantra, porque me hace sonreír cuando tengo un día malo y releo alguna entrada, porque salen canciones de Vázquez en él, porque me asusta el nivel de identificación con sus vivencias, porque más de una persona me ha dicho que cuando lee esos textos cree estar escuchándome a mí mientras hablo. También porque, en los días que dediqué a leer todas y cada una de las entradas de esta maravilla, de este nuestro bar, sentí algo parecido a la primera vez que vi ‘Beginners’ o ‘500 (Days of Summer), exactamente lo mismo que la primera vez que le di al play al ‘Ajuste de cuentas’ de Quique González, las mismas ganas de que no se terminara que cuando empecé a leer ‘Todas las chicas besan con los ojos cerrados’, ‘Cosas que los nietos deberían saber’ o cualquiera de Nick Hornby.




Sin más... me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y... ellas

jueves, 16 de mayo de 2013

'Los ilusos' de Jonás Trueba





‘Los ilusos’ es una película para románticos. Rodada en película, en blanco y negro, con presupuesto inexistente y con un elenco y equipo que han trabajado juntos haciendo piña, más unidos por amistad y ‘amor al arte’ –nunca mejor dicho- que por los intereses que suelen reinar en otro tipo de producciones. ‘Los ilusos’ es la segunda película del cineasta Jonás Trueba –después de la excelente ‘Todas las canciones hablan de mí- y digo que es una película para románticos porque esa es la impresión que me ha dado desde el primer momento. Es una película que habla de ‘ilusos’, ese grupo de gente que busca hacer de su pasión su trabajo y, a su vez, de su trabajo su vida. Tampoco es que sea algo vocacional, es que los ilusos tampoco se plantean su vida haciendo nada más, no les sale, pero no dudarían en ponerle corazón y piel a la mínima oportunidad que les den para mostrar su talento.

La película encuentra en Francesco Carril su aliado perfecto, muchas veces es solo su forma de caminar, su mirada o cómo explica las cosas la mejor forma de canalizar esas esperanzas frustradas, la búsqueda de una meta que se antoja difícil pero no imposible. Es cuando entra Aura Garrido en escena cuando la película gana en vitalidad y en historia, no existe nada más que ellos dos, que sus gestos, que sus silencios. Hasta ese momento conviven en una película en la que se le ven las costuras –por algo los ilusos de la película se dedican al cine- una serie de grabaciones con un trasfondo común, que llegan a incluir un concierto de ocho minutos en medio del metraje y que encuentran en ese Madrid en blanco y negro el marco ideal para abandonarse a un futuro lleno de promesas y estaciones a las que llegar.




El romanticismo también está en la forma de exhibir la película: pases concretos en la Cineteca del Matadero de Madrid que irán seguidos de una especie de ‘gira’ por varias salas de España, en las que el autor es el que lleva la única copia de la película y ofrece un pequeño coloquio al terminar la proyección. El pasado 28 de abril estuve en la Cineteca y fue algo maravilloso poder asistir a esta breve charla con Francesco Carril, Jonás Trueba y demás miembros del equipo de la película. El perfecto complemento para una película que deja buen sabor de boca.

Permítete una experiencia distinta, no te tomes ‘Los ilusos’ como si estuvieses viendo una superproducción americana. Déjate contagiar por la ilusión con la que se ha concebido, paladea los noventa minutos de cine que Jonás ofrece y, después, vuelve a casa y sigue poniéndote metas que, aunque difíciles, se pueden alcanzar.

martes, 14 de mayo de 2013

Carta de amor a Madrid.





Hace unos diez años me enamoré. Recuerdo perfectamente el año, el mes, los días en que me rompió el corazón. Me enamoré como te enamoras de niño de la chica guapa de la clase, como lo haces en los campamentos aun sabiendo que dentro de unos días vas a tener que volver a tu vida de siempre, me enamoré como un kamikaze que solo piensa en el ahora, el que prefiere enamorarse y sufrir que dejar pasar de largo la oportunidad de su vida. Me enamoré de Madrid.

Me enamoré de una ciudad que hacía un mes que había sufrido el 11M, de la estación de Atocha llena de recuerdos y de sueños que ya no se iban a cumplir. Me enamoré de sus musicales, de esas calles que parecían no tener fin y que eran más grandes que algunos barrios de mi ciudad




Madrid, la que sale en las canciones de Sabina, de Quique González, de Pereza, de 84,  de Los Lunes, de El Canto del Loco, de Burning; el Madrid de las películas de Jonás Trueba; el Madrid que sólo conocía porque allí vivían los personajes de ‘Compañeros’, ‘Al salir de clase’ y ‘Los Serrano’; el Madrid que tiene el cielo que describe Julio Llamazares. El Madrid del Atleti y su Vicente Calderón, el Madrid de las copas que pasan factura la mañana siguiente y de las que te tomas tranquilo, sentado, después de una buena cena.

El Madrid que me gusta pasear sin tener un rumbo fijo, en el que no importa perderse porque siempre habrá una boca de metro que te llevará a casa. El Madrid del que salen aviones, el Madrid por el que salgo a correr por el parque del Retiro o por la ribera del Manzanares. Madrid en verano, cuando no se puede salir a la calle porque te mueres de calor pero en el que puedes salir a cenar sin reservar mesa. El Madrid que ve nacer nuevos discos, el Madrid en el que te pido que me descubras nuevos sitios o en el que buscamos la parada de metro que salía en la primera película que vimos juntos.




El mismo Madrid que los domingos no huele a cerrado, el que tiene a gente haciendo música bajo tierra, el de las terrazas, en el que te cruzas a Joaquín Reyes por Gran Vía, el que conocías antes de vivirlo, el que te da la sensación de tener rincones por descubrir aunque hayas pasado un millón de veces por delante de la misma calle, el que te vende cafés de litro a precio de oro, el que tiene graffitis de Boa Mistura, el de las chicas en shorts, en el que todas las noches hay un concierto o una FNAC donde pasar las horas muertas anhelando todo aquello que un día quisieras tener en tu colección. El de la M30 llena de coches a las seis de la tarde, el del Mutua Madrid Open, el de las citas a ciegas, el de los reencuentros, el de las grandes ocasiones, el de la plaza de toros de Las Ventas, el del caserón…

Me enamoré de Madrid y aun sigo enamorado, me enamoré de Madrid por todo lo que he dicho y mucho más. Ahora solo tengo ganas de decírselo a la cara, de contarle que no sé si lo nuestro saldrá bien, que igual nos cansamos el uno del otro a los pocos días, pero que me muero de ganas de intentarlo. Dicen que si persigues los sueños se cumplen, y lo que yo estoy haciendo con Madrid ya está rozando el acoso.

Atentamente,  Javier González.




Sin más… me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y… 1 2 3

lunes, 13 de mayo de 2013

Quique González @ La Riviera (Madrid) 11 mayo 2013.




En La Riviera se respiraba aire de final, aunque era una de esas finales que sabes que son fáciles de ganas porque el trabajo previo te da la seguridad de que ese último partido lo vas a ganar con la gorra. Algo así se sentía el pasado sábado 11 de mayo en Madrid, segunda noche consecutiva en que Quique González iba a presentar su disco ‘Delantera mítica’ con la emblemática sala madrileña hasta la bandera. Jugar en casa siempre te da cierta ventaja, y contar con una banda formada por Edu Olmedo –batería-, Boli Climent –bajo y contrabajo-, Pepo López –guitarras- y Edu Ortega –violín, guitarras, mandolina…- aporta aun más seguridad a la que ya de por sí da el presentar un disco tan imponente como el último trabajo del madrileño.

Pasadas las ocho y media el equipo saltó al terreno de juego corriendo y atacando desde el minuto cero: ‘La fábrica’, Parece mentira’, ‘¿Dónde está el dinero?’ y ‘Viejos capos’ dejaron claro que el primer cometido de la noche era dar a conocer en directo las nuevas canciones. El público también tenía claro que llevaban escuchándolas desde el 19 de febrero y que allí nadie iba a dejar ni una sola sílaba de las nuevas canciones por cantar. Las sonrisas estaban dibujadas en las caras de los músicos, se les ve unidos, se les ve felices de tener la oportunidad de estar defendiendo esas canciones juntos. Quique ha logrado una banda de amigos, donde no hay fisuras, donde cada vez que uno se cae sus compañeros están para ayudarle y hacer ver que son una piña. Pero pocas veces se caen, pues logran, a pesar de ser una sala con aforo para más de dos mil personas, transportarnos a un bar de puerto de mar. Somos nosotros, los espectadores, los que nos emocionamos cada vez que Edu Ortega agarra el violín o la mandolina, dando esa sonoridad especial tanto a los nuevos temas como a los clásicos, con las guitarras de Pepo o con esa apisonadora que tienen por sección rítmica. Todos arropan a Quique y a sus canciones, no le dejan sólo en ningún momento. ‘Restos de stock’, ‘Caminando en círculos’, ‘Cuando estés en vena’ y vuelta a ‘Delantera mítica’, todo vale cuando el público se sabe todas tus jugadas y ya las ha disfrutado en casa, sólo quieren volver a verlas, sólo quieren seguir cantando pase lo que pase. Por eso ‘Torres de Manhattan’, ‘ No encuentro a Samuel’, ‘Palomas en la quinta’, ‘Hasta que todo encaje’, ‘La ciudad del viento’ o ’39 grados’ suenan a hogar, a volver a donde ya hemos sido felices y recordarlo con la alegría del que recuerda buenos momentos con la sensación de estar aun mejor. Seguimos en ese bar de pueblo costero, tomándonos un gin-tonic después de un largo día de playa, poniéndonos cómodos en nuestra silla mientras vemos pasar nuestra vida en canciones. Acabamos de empezar el partido y ya nos vemos celebrando la copa.




Quique manda a sus chicos al vestuario, ha sido una gran primera parte, tienen que sentirse orgullosos, pero ahora es el mister el que quiere hablar a solas con su público. Con la única compañía de su guitarra acústica se queda a solas en el estadio, recordando que hubo un tiempo en el que no eran tantos los que estaban abajo escuchando sus canciones, donde su público era un bar en el que la barra y los taburetes molestaban al respetable. Así cantó ‘Pequeño rock and roll’ y ‘Aunque tú no lo sepas’, imprescindible en aquellos primeros años y que hacía tiempo que no se presentaba en directo. Conseguir que dos mil personas se callen y no se escuche ni una respiración es difícil, Quique solo tuvo que poner su media sonrisa y aferrarse a las canciones que nunca fallan.

Vuelve el equipo completo para encarar la segunda parte del partido, ‘Las chicas son magníficas’, que la noche anterior había cantado con Zahara, se queda esta noche reducida a la voz de Quique. No hace falta nada más, no hacen falta aditivos para que el tren camine. Sobre todo cuando continúas con ‘Kamikazes enamorados’, o con ese gol por la escuadra que es ‘Suave es la noche’ en clave de rock. ‘Miss camiseta mojada’ y ‘Hotel Los Ángeles’ nos llevaron al minuto noventa, había sido un buen encuentro, pero el público quería más, estaba en una nube, quería seguir disfrutando. 




La prórroga era necesaria, sobre todo porque aun no habíamos escuchado en directo ‘Tenía que decírtelo’, primer single de su último trabajo. Tampoco ‘Salitre’, esa canción que huele a mar, a sur y a bañadores mojados, la misma que dedicó a todos aquellos que habían venido desde fuera a escuchar sus canciones en directo. Cesar Pop, co-autor de casi la totalidad de las músicas de ‘Delantera mítica’, puso su granito de arena en ‘Dallas-Memphis’ con su acordeón,  él tampoco quería perderse una noche inolvidable, y juntos nos volvieron a llevar a los bares, a la sensación de que podríamos estar en el Blue Bird de Nashville escuchando esas canciones, aunque el aforo fuese más de estadio que de pequeño pub, con la que es ya una de las mejores canciones del repertorio de González.

El público pedía a gritos la tanda de penaltis, no se podía acabar, nadie quería salir a la calle, solo pensábamos como poder volver a repetir todo aquello desde el minuto cero. El primer disparo a puerta fue ‘Su día libre’, la redención tras la avería, el fallo y el perdón. Estábamos a punto de ser campeones, se presentía, por eso el segundo disparo, ese que casi sabe a victoria fue ‘Vidas cruzadas’, porque ya nadie podía bajar sus brazos de lo alto. Y, como en los grandes partidos, la seguridad del último disparo. A lo ‘Panenka’, con chulería, la seguridad de que va a entrar tires como lo tires, ‘Y los conserjes de noche’ metían el gol de la victoria, nos hacían sentir reyes una vez más, todo era posible en ese momento de ‘historias que se escriben en los portales’.




Quique levantaba los brazos, celebraba un éxito que era palpable en la sonrisa de todos los que llevaban dos horas escuchando sus canciones. ‘Buen partido, chicos, hemos hecho bien los deberes’, parecía que el míster decía a sus jugadores. Se acabó la melancolía, la timidez, Quique con la cabeza alta al igual que su banda, todos arriba celebrando que las victorias llegan, que el barro que aun está en las botas ya es un buen cimiento para las grandes ocasiones, sonriendo, que al fin y al cabo es de lo que debería tratarse siempre esto de la música.