domingo, 22 de noviembre de 2015

Vetusta Morla - Fin de gira 'La Deriva' 21 noviembre 2015.



En diciembre de 2008, hace casi 7 años, fui a ver a Vetusta Morla en Gijón. Estaban dando sus primeros grandes pasos para acercarse a audiencias ‘grandes’. Hacía no mucho que habían publicado su primer largo y estaban empezando a tener un nombre. Llenaron la sala Albeniz en Gijón, unas 600 personas, que por aquel entonces era todo un logro. Aquel día ocurrió algo especial sobre el escenario, yo había estado a punto de no ir, me había quedado sin entradas, y cuando salí yo solo del concierto maldije la casi posibilidad de no haber ido. Por suerte estuve allí y empecé a abrazar las canciones de la banda, cocinando un amor a fuego lento, como los buenos guisos, sin prisas por proclamar nada, con el fuego ardiendo por dentro sabiendo que había algo especial.

Como si de una película de VHS se tratara –para los más jóvenes, moviendo la barra del VLC- adelanto la historia y la sitúo en la noche de ayer, 21 de noviembre de 2015. Fin de gira de ‘La Deriva’, tercer disco de estudio de Vetusta Morla, con el que han batido todos los records numéricos imaginables, como llenar 5 veces La Riviera y 3 veces el Palacio de Deportes de Madrid, cabezas de cartel de todos los festivales existentes y una larga gira que les ha llevado de punta a punta de España sin olvidarse de su expansión la Latinoamérica y algunos países de Europa. Vetusta Morla han hecho historia.

Ejemplo absoluto de la auto gestión, les incluyo lo más lejos posible de la palabra indie, supongo que por las connotaciones negativas que para mí tiene muchas veces esa palabra: postureo, apariencia, falta absoluta de verdad y un amplio abanico lleno de prejuicios. Vetusta Morla son verdad, son una banda con un único y exclusivo motor de su éxito: las canciones. Ellas, fieles y mejores compañeras, se dan la mano con un directo que roza la adoración por parte del público. Ir a un concierto de la banda madrileña es ir a una de esas misas americanas que salen en las películas en las que un predicador suelta un mensaje y los fieles cantan, sonrisa perenne, todas las canciones que el va proponiendo con su mensaje. Algo así pasa con Pucho, vocalista de VM, cuando habla, cuando incita al público a unirse en santa comunión con ellos. La respuesta es absoluta: solo hace falta escuchar el estribillo de ‘Copenhague’ en directo para darse cuenta del nivel de conexión entre ambas partes.

Ayer, durante el fin de gira de ‘La Deriva’, me emocioné como pocas veces lo he hecho en un show en vivo. A veces levantaba el puño y me sentía parte de un todo, parecíamos hormiguitas clamando al cielo por un bien común. Ese bien común no era otro que el de seguir viviendo, el de ser felices, el de intentar que ‘esta deriva’ en la que nos encontramos, de forma ajena a nuestras voluntades, nos haga el menor daño posible. De eso se trata ‘lo de la música’, ¿no?, de hacer piña, de levantar los brazos y aplaudir, de sabor salado en la boca por los retos conseguidos.


Sigamos permitiéndonos vivir de las emociones que nos provoca la música. No existe nada más que eso, es lo máximo.

sábado, 21 de noviembre de 2015

'La isla de Alice' de Daniel Sánchez Arévalo.



Los libros son casas. Llegan a tu vida, permaneces un rato mayor o menor en ellos y las abandonas. Hay algunos que te hacen sentir realmente como estar ‘en casa’. Los necesitas cuando vuelves de trabajar, te quedas dormido con ellos en la cara, son tu refugio para cuando todo lo demás te apetece menos. Por suerte, me he encontrado muchos libros que me han hecho pensar así, el último se llama ‘La isla de Alice’ y está escrito por Daniel Sánchez Arévalo.

Que una obra de uno de mis contadores de historias favoritos fuera finalista del premio Planeta hizo que me fijara en él desde el primer momento aunque, la verdad, lo habría hecho solo por ser suya. ‘Primos’, ‘La gran familia española’, ‘Azuloscurocasinegro’ son algunas de esas casa que también he encontrado en el cine. No me equivocaba al pensar que esta vez, en papel y durante más tiempo, la sensación iba a ser parecida.

He conocido a Alice y no me habría importado quedarme para siempre en Robin Island. Quizás ‘para siempre’ es un poco exagerado, pero no me habría importado que me acompañara un tiempo más. La principal capacidad de Sánchez Arévalo es cómo acerca a los personajes. Son sólidos, ocupan papeles importantes. Sus historias son de personajes, llevo dos semanas metido en la cabeza de Alice, sé como piensa, como reacciona ante los problemas, empatizo con ella… Ese nexo es única y exclusivamente obra de su creador.

Lo malo de los libros es el vacío que dejan después, cuando desaparece, cuando terminan. El mayor drama es empezar otro después, que sabes que es bastante probable que no esté a la altura. Como decía Sabina, ‘cuando al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos’. Lean y, si les apetece que le cuenten una historia emocionante, lean a Sánchez Arévalo.

Sin más… me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y… cuanto tiempo, ¿no?

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Sabina: dos noches y ninguna crisis.

Alberto Martín (EFE)

¿Por qué me haces esto Joaquín? Me gustaría que me dijeras, tras estas dos noches, cómo hago yo para estar otras 500 sin ir a verte a un concierto, sin sonreír como sonríen los niños al ver dibujada tu sonrisa cómplice en las pantallas que acompañan tu show. Quiero vivirlo, aunque solo sea una vez al mes, o cada dos meses, hacer el camino de mi casa a tu concierto, comprarme otro bombín y sentarme, paciente, como el que espera el mejor de los regalos en la noche de Reyes. Y es que yo no entiendo de gatillazos, querido Sabina, supongo que porque te entiendo y yo también sufro miedos, porque cada día me enfrento, igual que tú, igual que todos, a situaciones en las que, a pesar de morirnos de ganas, la acabamos cagando. Yo entiendo de amor incondicional, de que en mi vida Sabina está escrito con letras mayúsculas y tu foto me acompaña todos los días que duermo en mi casa, porque a las personas grandes hay que tenerlas bien cerquita. Cuando no duermo en casa también te llevo conmigo, porque me gustaría ser el protagonista de tus mejores canciones, preguntarme que será de mí con esta cómoda sin braguitas de Zara, decirle que no me importaría morirme si se mata pero que tampoco quiero que elija mi champú. Que, a pesar de todo, y sin embargo, la sigo queriendo. Porque quiero brindar por todas esas personas que tardas en olvidar 500 noches con sus desvelos, con su literatura y con su pasión. Porque el que no ha vivido quizás no pueda entender de que hablas, pero los que nos esforzamos cada día por vivir emocionados no tenemos más remedio que ondear cada uno de tus discos como banderas de nuestro barco pirata. “A mí me gusta comer de verdad, beber de verdad, besar de verdad, charlar con los amigos de verdad, enamorarme de verdad; y cuando pones tanto en todas esas cosas, lo más normal es que salgas lleno de cicatrices”, dijiste un día, y yo admiro cada día todas mis cicatrices.

Déjanos otra vez a medias, déjanos otra cicatriz, déjanos tus canciones, pero no nos dejes solos, porque todo esto sería mucho mas aburrido sin el compositor de la banda sonora de nuestras vidas. Gracias por estas dos noches en el Palacio de Deportes de Madrid, te puedo asegurar que ayer, justo después del concierto, seguí subido a esa nube en la que llevo 27 años gracias a artistas como tú.



Juan Naharro Gimenez (Redferns via Getty Images)

Sin más... me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y... a sus pies.