jueves, 16 de mayo de 2013

'Los ilusos' de Jonás Trueba





‘Los ilusos’ es una película para románticos. Rodada en película, en blanco y negro, con presupuesto inexistente y con un elenco y equipo que han trabajado juntos haciendo piña, más unidos por amistad y ‘amor al arte’ –nunca mejor dicho- que por los intereses que suelen reinar en otro tipo de producciones. ‘Los ilusos’ es la segunda película del cineasta Jonás Trueba –después de la excelente ‘Todas las canciones hablan de mí- y digo que es una película para románticos porque esa es la impresión que me ha dado desde el primer momento. Es una película que habla de ‘ilusos’, ese grupo de gente que busca hacer de su pasión su trabajo y, a su vez, de su trabajo su vida. Tampoco es que sea algo vocacional, es que los ilusos tampoco se plantean su vida haciendo nada más, no les sale, pero no dudarían en ponerle corazón y piel a la mínima oportunidad que les den para mostrar su talento.

La película encuentra en Francesco Carril su aliado perfecto, muchas veces es solo su forma de caminar, su mirada o cómo explica las cosas la mejor forma de canalizar esas esperanzas frustradas, la búsqueda de una meta que se antoja difícil pero no imposible. Es cuando entra Aura Garrido en escena cuando la película gana en vitalidad y en historia, no existe nada más que ellos dos, que sus gestos, que sus silencios. Hasta ese momento conviven en una película en la que se le ven las costuras –por algo los ilusos de la película se dedican al cine- una serie de grabaciones con un trasfondo común, que llegan a incluir un concierto de ocho minutos en medio del metraje y que encuentran en ese Madrid en blanco y negro el marco ideal para abandonarse a un futuro lleno de promesas y estaciones a las que llegar.




El romanticismo también está en la forma de exhibir la película: pases concretos en la Cineteca del Matadero de Madrid que irán seguidos de una especie de ‘gira’ por varias salas de España, en las que el autor es el que lleva la única copia de la película y ofrece un pequeño coloquio al terminar la proyección. El pasado 28 de abril estuve en la Cineteca y fue algo maravilloso poder asistir a esta breve charla con Francesco Carril, Jonás Trueba y demás miembros del equipo de la película. El perfecto complemento para una película que deja buen sabor de boca.

Permítete una experiencia distinta, no te tomes ‘Los ilusos’ como si estuvieses viendo una superproducción americana. Déjate contagiar por la ilusión con la que se ha concebido, paladea los noventa minutos de cine que Jonás ofrece y, después, vuelve a casa y sigue poniéndote metas que, aunque difíciles, se pueden alcanzar.

martes, 14 de mayo de 2013

Carta de amor a Madrid.





Hace unos diez años me enamoré. Recuerdo perfectamente el año, el mes, los días en que me rompió el corazón. Me enamoré como te enamoras de niño de la chica guapa de la clase, como lo haces en los campamentos aun sabiendo que dentro de unos días vas a tener que volver a tu vida de siempre, me enamoré como un kamikaze que solo piensa en el ahora, el que prefiere enamorarse y sufrir que dejar pasar de largo la oportunidad de su vida. Me enamoré de Madrid.

Me enamoré de una ciudad que hacía un mes que había sufrido el 11M, de la estación de Atocha llena de recuerdos y de sueños que ya no se iban a cumplir. Me enamoré de sus musicales, de esas calles que parecían no tener fin y que eran más grandes que algunos barrios de mi ciudad




Madrid, la que sale en las canciones de Sabina, de Quique González, de Pereza, de 84,  de Los Lunes, de El Canto del Loco, de Burning; el Madrid de las películas de Jonás Trueba; el Madrid que sólo conocía porque allí vivían los personajes de ‘Compañeros’, ‘Al salir de clase’ y ‘Los Serrano’; el Madrid que tiene el cielo que describe Julio Llamazares. El Madrid del Atleti y su Vicente Calderón, el Madrid de las copas que pasan factura la mañana siguiente y de las que te tomas tranquilo, sentado, después de una buena cena.

El Madrid que me gusta pasear sin tener un rumbo fijo, en el que no importa perderse porque siempre habrá una boca de metro que te llevará a casa. El Madrid del que salen aviones, el Madrid por el que salgo a correr por el parque del Retiro o por la ribera del Manzanares. Madrid en verano, cuando no se puede salir a la calle porque te mueres de calor pero en el que puedes salir a cenar sin reservar mesa. El Madrid que ve nacer nuevos discos, el Madrid en el que te pido que me descubras nuevos sitios o en el que buscamos la parada de metro que salía en la primera película que vimos juntos.




El mismo Madrid que los domingos no huele a cerrado, el que tiene a gente haciendo música bajo tierra, el de las terrazas, en el que te cruzas a Joaquín Reyes por Gran Vía, el que conocías antes de vivirlo, el que te da la sensación de tener rincones por descubrir aunque hayas pasado un millón de veces por delante de la misma calle, el que te vende cafés de litro a precio de oro, el que tiene graffitis de Boa Mistura, el de las chicas en shorts, en el que todas las noches hay un concierto o una FNAC donde pasar las horas muertas anhelando todo aquello que un día quisieras tener en tu colección. El de la M30 llena de coches a las seis de la tarde, el del Mutua Madrid Open, el de las citas a ciegas, el de los reencuentros, el de las grandes ocasiones, el de la plaza de toros de Las Ventas, el del caserón…

Me enamoré de Madrid y aun sigo enamorado, me enamoré de Madrid por todo lo que he dicho y mucho más. Ahora solo tengo ganas de decírselo a la cara, de contarle que no sé si lo nuestro saldrá bien, que igual nos cansamos el uno del otro a los pocos días, pero que me muero de ganas de intentarlo. Dicen que si persigues los sueños se cumplen, y lo que yo estoy haciendo con Madrid ya está rozando el acoso.

Atentamente,  Javier González.




Sin más… me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y… 1 2 3

lunes, 13 de mayo de 2013

Quique González @ La Riviera (Madrid) 11 mayo 2013.




En La Riviera se respiraba aire de final, aunque era una de esas finales que sabes que son fáciles de ganas porque el trabajo previo te da la seguridad de que ese último partido lo vas a ganar con la gorra. Algo así se sentía el pasado sábado 11 de mayo en Madrid, segunda noche consecutiva en que Quique González iba a presentar su disco ‘Delantera mítica’ con la emblemática sala madrileña hasta la bandera. Jugar en casa siempre te da cierta ventaja, y contar con una banda formada por Edu Olmedo –batería-, Boli Climent –bajo y contrabajo-, Pepo López –guitarras- y Edu Ortega –violín, guitarras, mandolina…- aporta aun más seguridad a la que ya de por sí da el presentar un disco tan imponente como el último trabajo del madrileño.

Pasadas las ocho y media el equipo saltó al terreno de juego corriendo y atacando desde el minuto cero: ‘La fábrica’, Parece mentira’, ‘¿Dónde está el dinero?’ y ‘Viejos capos’ dejaron claro que el primer cometido de la noche era dar a conocer en directo las nuevas canciones. El público también tenía claro que llevaban escuchándolas desde el 19 de febrero y que allí nadie iba a dejar ni una sola sílaba de las nuevas canciones por cantar. Las sonrisas estaban dibujadas en las caras de los músicos, se les ve unidos, se les ve felices de tener la oportunidad de estar defendiendo esas canciones juntos. Quique ha logrado una banda de amigos, donde no hay fisuras, donde cada vez que uno se cae sus compañeros están para ayudarle y hacer ver que son una piña. Pero pocas veces se caen, pues logran, a pesar de ser una sala con aforo para más de dos mil personas, transportarnos a un bar de puerto de mar. Somos nosotros, los espectadores, los que nos emocionamos cada vez que Edu Ortega agarra el violín o la mandolina, dando esa sonoridad especial tanto a los nuevos temas como a los clásicos, con las guitarras de Pepo o con esa apisonadora que tienen por sección rítmica. Todos arropan a Quique y a sus canciones, no le dejan sólo en ningún momento. ‘Restos de stock’, ‘Caminando en círculos’, ‘Cuando estés en vena’ y vuelta a ‘Delantera mítica’, todo vale cuando el público se sabe todas tus jugadas y ya las ha disfrutado en casa, sólo quieren volver a verlas, sólo quieren seguir cantando pase lo que pase. Por eso ‘Torres de Manhattan’, ‘ No encuentro a Samuel’, ‘Palomas en la quinta’, ‘Hasta que todo encaje’, ‘La ciudad del viento’ o ’39 grados’ suenan a hogar, a volver a donde ya hemos sido felices y recordarlo con la alegría del que recuerda buenos momentos con la sensación de estar aun mejor. Seguimos en ese bar de pueblo costero, tomándonos un gin-tonic después de un largo día de playa, poniéndonos cómodos en nuestra silla mientras vemos pasar nuestra vida en canciones. Acabamos de empezar el partido y ya nos vemos celebrando la copa.




Quique manda a sus chicos al vestuario, ha sido una gran primera parte, tienen que sentirse orgullosos, pero ahora es el mister el que quiere hablar a solas con su público. Con la única compañía de su guitarra acústica se queda a solas en el estadio, recordando que hubo un tiempo en el que no eran tantos los que estaban abajo escuchando sus canciones, donde su público era un bar en el que la barra y los taburetes molestaban al respetable. Así cantó ‘Pequeño rock and roll’ y ‘Aunque tú no lo sepas’, imprescindible en aquellos primeros años y que hacía tiempo que no se presentaba en directo. Conseguir que dos mil personas se callen y no se escuche ni una respiración es difícil, Quique solo tuvo que poner su media sonrisa y aferrarse a las canciones que nunca fallan.

Vuelve el equipo completo para encarar la segunda parte del partido, ‘Las chicas son magníficas’, que la noche anterior había cantado con Zahara, se queda esta noche reducida a la voz de Quique. No hace falta nada más, no hacen falta aditivos para que el tren camine. Sobre todo cuando continúas con ‘Kamikazes enamorados’, o con ese gol por la escuadra que es ‘Suave es la noche’ en clave de rock. ‘Miss camiseta mojada’ y ‘Hotel Los Ángeles’ nos llevaron al minuto noventa, había sido un buen encuentro, pero el público quería más, estaba en una nube, quería seguir disfrutando. 




La prórroga era necesaria, sobre todo porque aun no habíamos escuchado en directo ‘Tenía que decírtelo’, primer single de su último trabajo. Tampoco ‘Salitre’, esa canción que huele a mar, a sur y a bañadores mojados, la misma que dedicó a todos aquellos que habían venido desde fuera a escuchar sus canciones en directo. Cesar Pop, co-autor de casi la totalidad de las músicas de ‘Delantera mítica’, puso su granito de arena en ‘Dallas-Memphis’ con su acordeón,  él tampoco quería perderse una noche inolvidable, y juntos nos volvieron a llevar a los bares, a la sensación de que podríamos estar en el Blue Bird de Nashville escuchando esas canciones, aunque el aforo fuese más de estadio que de pequeño pub, con la que es ya una de las mejores canciones del repertorio de González.

El público pedía a gritos la tanda de penaltis, no se podía acabar, nadie quería salir a la calle, solo pensábamos como poder volver a repetir todo aquello desde el minuto cero. El primer disparo a puerta fue ‘Su día libre’, la redención tras la avería, el fallo y el perdón. Estábamos a punto de ser campeones, se presentía, por eso el segundo disparo, ese que casi sabe a victoria fue ‘Vidas cruzadas’, porque ya nadie podía bajar sus brazos de lo alto. Y, como en los grandes partidos, la seguridad del último disparo. A lo ‘Panenka’, con chulería, la seguridad de que va a entrar tires como lo tires, ‘Y los conserjes de noche’ metían el gol de la victoria, nos hacían sentir reyes una vez más, todo era posible en ese momento de ‘historias que se escriben en los portales’.




Quique levantaba los brazos, celebraba un éxito que era palpable en la sonrisa de todos los que llevaban dos horas escuchando sus canciones. ‘Buen partido, chicos, hemos hecho bien los deberes’, parecía que el míster decía a sus jugadores. Se acabó la melancolía, la timidez, Quique con la cabeza alta al igual que su banda, todos arriba celebrando que las victorias llegan, que el barro que aun está en las botas ya es un buen cimiento para las grandes ocasiones, sonriendo, que al fin y al cabo es de lo que debería tratarse siempre esto de la música.


jueves, 11 de abril de 2013

Me niego.




Hace un par de días leía un buen artículo en la página web de Cinemanía que llevaba por nombre ‘RIP DVD, ¿Hay fecha para el funeral?’ donde se hablaba a tumba abierta –nunca mejor dicho- sobre la paulatina desaparición de los formatos físicos en lo que a cine se refiere. En ese mismo artículo se incluía un enlace a una noticia sobre IKEA en la que se decía que entraba en los planes de la compañía el rediseño de la estantería Billy, en un principio diseñada como estantería para libros, pues este estaba desapareciendo en pos de la proliferación de libros en formato digital.

Una vez leídos ambos artículos lo primero que se me pasa por la cabeza es que si realmente estaré yo equivocado, si seré yo el raro por hacer las cosas como las llevo haciendo casi veintiséis años. Lo siento, quizás muchos no lo entendáis pero para mí los martes son muchas veces el mejor día de la semana. Antes lo eran los lunes. Son los días que salen discos a la venta, el día que conduzco hasta la FNAC que está a veinte minutos de mi casa y admiro como un padre recién nacido la portada del nuevo disco que me voy a comprar. El mismo día que me enfado si no ha llegado, el mismo día que, si el disco me apetece mucho, me despierto un rato antes de lo previsto porque los nervios me pueden. Es una ceremonia, supongo que reservada a día de hoy para unos pocos locos, en la que abro el disco y lo huelo, lo acaricio y maldigo que la edición que tenga en las manos no sea tan buena como esperaba, donde leo los agradecimientos y veo que banda ha grabado el disco, quien ha sido el encargado de la producción y qué estudios han visto vestirse a esas canciones. Lo de poner el disco en el coche justo después de arrancarlo, para que no se corte la primera canción, y después dar vueltas alrededor de mi ciudad para que me dé tiempo a escuchar el disco entero supongo que a muchos les sonará a película de ciencia ficción.


Lo mismo me pasa con las películas, cuando miro mi humilde colección que con el paso de los años va creciendo y tomando forma, alternando en el azar caprichoso del orden alfabético películas de Disney con clásicos de Scorsese, con películas moñas que en su día me apeteció tener entre mis manos, con las cajas ‘edición especial’ que conseguí de segunda mano en internet porque estaban descatalogadas. ¿Y los libros? ¿Qué me decís de los libros? No renunciaría ni loco al placer de pasar las páginas de una de las cuidadísimas ediciones de Blackie Books, o de mi querida editorial Nube de tinta, que tantas alegrías me ha dado en sus pocos meses de vida. Tampoco quiero renunciar a la franja amarilla que forman todos los libros de Nick Hornby en mi estantería, todos ellos publicados por Anagrama. Me niego.


No quiero que la herencia que deje a mis hijos –madre mía, hijos, si yo aun soy uno no sé qué hago pensando en este tema- sea una cuenta Premium de Spotiy, ni una colección de canciones en iTunes ni mucho menos un puñado de archivos PDF que alberguen mis libros favoritos. Me vuelvo a negar. Entiendo que para muchos descargar –aunque sea de forma legal, de la piratería ya no me atrevo ni hablar porque a estas alturas de la película puede que alguien hasta se llegue a sentir ofendido- cultura sea un momento placentero y entiendo que muchos, por comodidad, hayan elegido el libro electrónico en vez de la acumulación de hojas de papel llenas de polvo en sus estanterías, o que ya no se compren discos y solo usen el ‘streaming’ y la venta digital. Lo entiendo pero me niego, porque cuando miro mis estanterías, que ya no caben en mi habitación, cuando miro la pila de libros que se empiezan a acumular sin orden alguno por falta de espacio, cuando miro mi colección de discos, veo que todas forman lo que yo soy, lo que he sido y que van sentando las primeras piedras de lo que voy a ser en un futuro próximo. Me gusta que sea algo físico, de piel, y acordarme que ese libro me lo regalaste tú, cuando creíamos que íbamos a ser invencibles, que aquel disco lo encontré en Madrid, cuando teníamos menos preocupaciones en la cabeza y unas ilusiones distintas a las que tenemos ahora y que aquella película me la compré, aun siendo bastante mala, porque con solo mirar la carátula recordaba algunas de las mejores noches de mi vida. Mi felicidad, mi nostalgia, lo que soy, no se mide en ‘megabytes’, se mide en páginas de papel, kilos de discos y cajas de DVD’s desperdigados por el suelo.

miércoles, 10 de abril de 2013

Miss Caffeína - De polvo y flores




Me acuerdo perfectamente de la primera vez que escuché canciones de Miss Caffeína. Fue en un viaje a A Coruña y yo llevaba en mi iPod el que por aquel entonces –año 2008- era su último EP –y segundo de su corta carrera- ‘En Marte’. Nunca se me olvidará lo mucho que me gustó la primera canción, ‘Desde dentro’, de un grupo del que poco o nada había oído hablar. Llegaron dos EP’s más, ‘Carrusel’ y ‘Magnética’, y poco a poco me fue quedando claro que Miss Caffeína –que tomaron su nombre de una canción de la mítica banda madrileña Buenas Noches Rose- habían entendido a la perfección de que iba la jugada: en una industria en crisis, en vez de afanarse en vender su producto ellos decidieron regalarlo. Cada varios meses publicaban nuevas canciones que distribuían en su web, lo que les permitía poco a poco ser escuchados e ir abriéndose paso e ir llegando a nuevas ciudades donde para más o menos gente tocaban. Siempre preocupándose de tener una presencia en internet y redes sociales cuidada al detalle, cada vez eran más las personas que iban a verles cada vez que se acercaban a una nueva ciudad o cuando repetían en una donde ya se habían abierto camino. Así les llegó en el año 2010 la oportunidad de grabar su primer largo, a las órdenes de Ricky Falkner, que incluía un puñado de nuevas canciones y algunas de los mejores temas de su anterior EP. Distribuido por la disquera Sony, les permitió hacer una larga gira por España estando en muchos de los más importantes festivales y llegando incluso a cruzar el charco para dar sus primeros conciertos en Argentina.

Todo esto era suficiente carta de presentación para que cuando el pasado mes de marzo ‘De polvo y flores’, el flamante nuevo disco de la banda llegase a las estanterías de todas las tiendas de música –esta vez editado por Warner y bajo la producción de Max Dingel- ya fuéramos muchos los que no dudamos en hacernos con él. A mí me gusta pensar que ‘De polvo y flores’ es el primer disco de Miss Caffeína, pues creo que realmente es la primera colección de canciones que se han hecho y editado como tal desde un principio. El anterior disco tenía dos etapas, los temas extraídos del EP y los grabados expresamente para el larga duración, que a pesar de estar producido en su totalidad por Falkner, para los que ya habíamos escuchado en su momento las primeras canciones se nos hacía raro encontrárnoslas de nuevo. Aun así, 'Imposibilidad del fenómeno' fue un buen estreno, sobre todo para aquellos que nunca habían oído hablar de la banda.




Pero con ‘De polvo y flores’ he vuelto a sentir lo mismo que cuando escuchaba los EP’s por primera vez, esa sensación de haber hecho algo muy grande, de haber dado en el clavo repetidas veces al escoger repertorio, arreglos, y haber hecho un disco lleno de singles. Porque ‘Disfraces’ y ‘Hielo T’ fueron las primeras canciones que escuchamos de este disco, pero podrían haber sido ‘MM’, ‘Gigantes’, ‘Venimos’, ‘San Francisco’ o ‘Modo avión’ las elegidas, pues representan fielmente la vitalidad y la energía de este segundo disco de Miss Caffeína. Un disco pensado para el disfrute en directo, para bailar y para emocionarse, donde nos encontramos perlitas como ‘Luciérnaga’, increíble versión de un tema de la artista jienense Zahara, que se convierte desde la primera escucha en uno de los clásicos de la banda, pues se la roban a su autora y la hacen propia. Ninguna tiene desperdicio, ni cuando se bajan las revoluciones en ‘No mienten’ o ‘Superhéroe’ o con esos dos temas tan especiales que abren y cierran el disco, ‘Tormento’ y ‘19’, aportando un puntito de oscuridad cantando a lo perdido en diferentes aspectos de la vida.

Es difícil lograr una tanda de canciones que inspiren este buen rollo desde el principio, sobre todo en un presente musical donde cada vez son más frecuentes las decepciones y el amodorramiento al escuchar lo nuevo de quien antes había sido referencia para ti. Gran paso adelante que han dado Alberto, Sergio, Álvaro, Tonino y Román, que tras una gira por FNAC’s empiezan a presentar sus canciones en formato eléctrico por todas aquellas ciudades con ganas de escuchar y bailar y que puedes consultar en su web oficial misscaffeina.com.

Digo adiós con una de mis canciones favoritas, para todos aquellos que son alérgicos a los golpes del corazón, los que se ven obligados a poner el ‘modo avión’.


Sin más… me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y… Milhouse.

martes, 9 de abril de 2013

El hombre de la ilusión permanente.




Es mejor no conocer a ciertos ídolos, quedarse en lo que su música te ha dado, sin indagar en otros aspectos de su vida. Creo que si tuviera a determinadas personas delante nunca me atrevería a dar el paso y pedirles una foto o un autógrafo, tendría miedo a que todo el respeto y admiración que le tengo se me vinieran abajo por un mal gesto.  Eso sí, no os estoy contando todo esto porque me haya pasado algo negativo, sino todo lo contrario. El contrapunto a esta historia es que en este mundo de información, donde los artistas son ‘personas cercanas’ a las que lees en Twitter, ves sus fotos en Facebook e Instagram, etc… te puedes encontrar con alguien a quien a priori nunca habías prestado atención y que gracias a esa presencia en las redes sociales muestras interés y te acercas a su música. Hoy me apetece hablar de Andrés Suárez.

Durante meses seguí a Andres Suarez sin escuchar ninguna de sus canciones. Me limitaba a leer su forma de entender la música y, sobre todo, su música. Solo leía palabras de ilusión, de ganas inmensas de comerse el mundo. Llegué a empatizar con él de tal manera que deseaba que todo le saliera bien, que fuera mucha gente a sus conciertos y que conocieran su música. Lo gracioso es que nunca había escuchado sus canciones, no sabía si lo que este escritor de naciones nacido en Galicia podría llegar a gustarme o no.  Fue en el momento que anunció que iba a grabar un disco en directo por todo lo grande cuando decidí que era el momento y fue cuando ‘Hay algo más’, primera canción de ‘Cuando vuelva la marea’, me partió en dos, me hizo añicos. Canta de una forma tan emotiva que me dejaba el corazón en un puño, solo había escuchado una canción y yo ya sabía que Andrés y yo íbamos a llevarnos bien. Después llegaron ‘Perdón por los bailes’ o ‘Tengo 26’ para terminar de rajarme el pecho. Andrés sabe cantar al dolor de una forma especial, pues no lo hace rogodeándose en la tristeza pero si de una forma dura, creo que a él, tanto como a mí y a otros tantos, nos gusta demasiado echar la vista atrás para encontrar a las musas. Más que tristeza yo diría melancolía, ‘la felicidad de estar triste’.

El futuro se promete esperanzador para él. Acaba de grabar un disco en directo que su publicará el próximo 16 de abril si los dioses de la música lo permiten, y ya ha comenzado una gira presentando las canciones de este ‘Moraima’ que dentro de poco verá la luz, lleno de canciones antiguas, conocidas y no tan conocidas, y con algún tema nuevo. Si os apetece sentir algo parecido a lo que he descrito antes adelante, podéis empezar por las cuatro canciones de su nuevo disco que ya se pueden escuchar en su canal de Youtube, y si de verdad queréis saber lo que es sentir ilusión por un trabajo, por una forma de vivir llamada música, date el lujo de de seguirle en @andressuareztwi o en su página de Facebook. Pronto por aquí más noticias sobre ‘Moraima’.




Sin más... me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y... las preguntas.

sábado, 6 de abril de 2013

'El arte de escribir'





Babylon Chat, Loquillo, 'Equilibrio inestable'... ¿Adivinas el nexo de unión entre todos ellos? Es bien fácil, la respuesta es un asturiano nacido en el País Vasco que fue líder de los primeros, toca y compone con el segundo y que, hace un par de años, tuvo su primer retoño musical en solitario y lo bautizó como el tercero. Pocas veces se aúnan en una misma persona, y sin que ello resulte estridente ni pedante, los bajos fondos y la élite, la estética del rocknroll y el chaval de ciudad, la verdad y 'el arte de mentir'.

Porque es por eso por lo que hoy Igor aparece aquí por primera vez. No es por sus canciones, es por su recientemente publicado primer libro, 'El arte de mentir', editado por Difácil, donde habla sin orden ni cronología de todo lo que se le pasa por la cabeza. He leído varias críticas sobre el libro y por lo que se ve hay dos opciones: o resaltar todos los aspectos culturales de los que se habla en el libro -museos, arte, literatura...- o centrarse en los momentos en los que Igor habla a tumba abierta sobre sus experiencias sexuales. Yo, que no soy periodista ni lo pretendo prefiero definir a Igor como un valiente. No es fácil que un libro recoja tantos campos y opiniones de la vida de una persona y que aun así exista un orden y una coherencia que te permitan leer las poco más de doscientas hojas que tiene la obra de una sentada. Tampoco es tarea fácil hablar así de claro,. Sea cual sea el tema, Igor habla con propiedad y conocimiento, con la experiencia del que lleva muchos años haciendo lo que le da la gana, dejando a un lado -igual que en su música y en su vida- todo tipo de prejuicios y de preguntas similares al 'qué dirán'. A él solo le importa transmitir y, por supuesto, gustar. Porque el libro no deja de ser una oda a muchos aspectos importantes en su vida pero, sobre todo, es una oda a su propia figura, a su propio personaje. ¿Autobiografía? Para nada, 'El arte de mentir' es una amalgama de sentimientos, de opiniones sobre temas tan dispares como las groupies, David Beckham y su mujer Victoria, sobre Gijón -bendita esa sensación de sentirse en casa que comparto con él-, sobre política, sobre la carretera, el rocknroll, Loquillo o el sexo, todo ello escrito con un estilo crudo, sin grandes descripciones, que te hace sentirte cercano a la realidad del que lo escribe.




'La realidad del que lo escribe' es una licencia que yo me he permitido, porque el libro tiene la palabra 'mentir' en su título, y es cierto que cada vez que lees un capítulo te preguntas, mientras lo asimilas, si todo lo que se cuenta en él será verdad o mentira. Pero Igor ya sabía que nos lo íbamos a preguntar, por eso el último capítulo, perfecta conclusión de la obra, se pregunta por el valor de la verdad y la mentira en el arte. ¿Son menos ciertas las canciones si su autor nunca las ha vivido? ¿Y los cuadros? ¿Y la poesía? ¿Es menos verdadero el libro de Igor si todo lo que ha contado es mentira y nunca ha ocurrido? Esta respuesta tendrás que obtenerla tú, yo solo cometo la osadía de atreverme a recomendar que pases unas horas de tu vida en compañía de este libro.


Sin más... me despido, besos, saludos, abrazos, desvaríos varios y... lo digo.